En Corrientes no solo se elige un gobernador: se consagra una figura que encarna el poder político desde una lógica ancestral, cultural y profundamente correntina.
Gustavo Valdés no es simplemente el sucesor de Ricardo Colombi, ni el heredero de un modelo de gestión. Es el nuevo mburuvichá, el jefe político legitimado por la voluntad popular y por una cosmovisión que trasciende la institucionalidad formal.
En este extenso diálogo con Francisco González Cabañas, se despliega una lectura filosófica y sociológica de la política local, donde la correntinidad —con sus pactos tácitos, sus tribus, sus silencios y sus ritmos propios— se impone como fuerza constitutiva.
Entre citas a Hegel, evocaciones históricas y una crítica aguda a los modelos importados, se revela un proceso dialéctico que no solo explica el presente, sino que proyecta el futuro de la provincia. Porque en Corrientes, como dice el entrevistado, “no somos Suiza”, y entender eso es el primer paso para comprender lo que realmente se elige cuando se vota.
EL NUEVO MBURUVICHÁ
—Francisco, buenas tardes.
—Buenas tardes, Julio. Antes que nada, el agradecido soy yo. Te felicito por este espacio, que es un verdadero oasis en medio de tanto terreno desierto. Y agradezco también esta charla que me proponés para analizar un poco la política en general.
—Sin dudas. Francisco, yo todavía no termino de pisar la realidad, estoy flotando casi en un mundo paralelo. ¿Hay realmente tanta diferencia entre la preeminencia del oficialismo y las demás expresiones políticas? ¿O, en el fondo, todas las expresiones políticas son similares y la gente simplemente eligió continuidad?
—Mirá Julio, lo que ocurrió este domingo fue que consagramos al nuevo Mburuvichá de la provincia de Corrientes. Como sabés, el Mburuvichá es una figura de la cosmovisión guaraní: el jefe político. Y en esa consagración, que recayó en Gustavo Valdés, también elegimos un gobernador.
Pero esto hay que entenderlo como parte de un proceso mucho más amplio, que comenzó con la ruptura del pacto autonomista-liberal. Fue Tato quien intentó entronizar esta figura que hoy representa Valdés como el primer Mburuvichá: el primer jefe político dispuesto incluso a delegar el poder formal, o a entronizar previamente a la ciudadanía, ofreciéndole un gobernador que, por su ejercicio del poder, merezca ser ratificado.
Ese intento ocurrió en un momento histórico en el que el movimiento aún no estaba preparado. La ciudadanía ejerció resistencia. Cuando Tato Romero Feris propuso a Pedro Braillard Poccard, la Constitución de entonces lo impedía, y se desató todo lo que ya conocemos.
Uno de los actores que emergió desde esa resistencia fue Ricardo Colombi. Si lo leemos desde Hegel, se entiende perfecto: tesis, antítesis, síntesis. Un movimiento dialéctico histórico. Ricardo encabezó esa antítesis y terminó siendo el primer Mburuvichá formal.
Ricardo construyó el poder de arriba hacia abajo, con la intervención de Mestre y los trágicos hechos del puente. Cuando comprendió que debía afirmarse un poder fuerte, intentó delegar en su primo, Arturo Colombi. Pero Arturo mantuvo cierta resistencia, y terminó perdiendo la elección frente al propio Ricardo, que ya estaba fuera del poder pero había ganado legitimidad construyendo esta nueva lógica.
Continuando con el análisis político en Corrientes, Francisco González Cabañas profundiza en la figura del mburuvichá como eje simbólico del poder provincial.
Tras la reforma constitucional, Ricardo Colombi se consolida en el poder con dos mandatos, y luego delega, formalizando aquella idea primigenia de Tato Romero Feris: la del mburuvichá. Esta figura, que no es solo una interpretación de González Cabañas, fue reconocida públicamente por el propio Gustavo Valdés, quien hasta hace dos años saludaba a Colombi en redes como “nuestro mburuvichá”, reafirmando su rol como jefe político y mentor del modelo vigente.
Valdés, con ocho años de mandato, no solo reafirma ese poder, sino que lo supera. El alumno supera al maestro. Y este domingo, con la elección de su hermano Juan Pablo como gobernador, se consagra un nuevo ciclo: Gustavo Valdés se convierte en el nuevo mburuvichá de Corrientes, legitimado por el voto popular.
A diferencia del estilo de Colombi, Valdés tiene una proyección nacional clara. Probablemente, según González Cabañas, sea el próximo jefe de la UCR a nivel nacional. Su forma de comunicar y explorar el poder responde a nuevas lógicas, más modernas y adaptadas a los tiempos actuales.
Desde una mirada cultural, filosófica y política, este proceso se enlaza con la herencia guaraní y su integración con las formas occidentales de elección. Más allá del cargo de gobernador, lo que se eligió fue al nuevo jefe político del oficialismo, quien reemplaza a Ricardo Colombi y a aquel intento fallido de entronización por parte de Tato Romero Feris.
En ese camino, Valdés debió enfrentar y desplazar a varios referentes históricos del radicalismo que acompañaron a Colombi en los años 2001-2002. Nombres como Flinta, Carlos Vignolo (hoy secretario general, aunque con poder relativo), y el Brear, entre otros, fueron parte de esa camada ortodoxa que quedó relegada ante el ímpetu y ambición arrolladora de Valdés.
Hoy, todo se centraliza en su figura, que encarna un nuevo estilo de liderazgo territorial, con metodologías e instrumentos distintos. La pregunta que queda flotando es: ¿qué pasó con aquellos radicales orgánicos que fueron superados por esta nueva lógica de poder?
Francisco González Cabañas reflexiona sobre la política desde una perspectiva filosófica y cultural, destacando la importancia de comprender los conceptos fundamentales que atraviesan nuestra época: lo político, lo sociológico, lo simbólico.
Según él, entender el “clima de época” —los síntomas culturales que nos definen— es clave para que nuestra singularidad (nuestros deseos, anhelos y pretensiones) se empalme con la universalidad de la comunidad en la que vivimos: la correntinidad. Retoma a Hegel y a pensadores como Luis Sanz Rueda para explicar cómo esa singularidad se articula con los mandatos culturales y ancestrales que nos atraviesan.
Ejemplos cotidianos —como la siesta, la costanera, o los códigos no escritos de convivencia— sirven para ilustrar cómo el deseo individual se acomoda a una lógica comunitaria. En ese marco, afirma que Gustavo Valdés es quien mejor comprendió esta dinámica, y por eso se consagra como el mburuvichá de los nuevos procesos: avanzando “sin pausa pero sin prisa”, reemplazando un modelo sin romperlo, en lo que se denomina “cambio con continuidad”.
En contraste, muchos opositores —y algunos radicales desplazados— no lograron comprender estos conceptos fundamentales. Cayeron en lo que Francisco llama “devaneos demagógicos”, como el uso del argumento del nepotismo. Señala que en Corrientes, como en gran parte del país, el poder se transmite entre familiares: hermanos, primos, suegros. No es exclusivo del oficialismo. Incluso candidatos opositores replicaron esa lógica, proponiendo a sus propias hermanas como senadoras.
Critica la mirada externa de consultores que intentan imponer demandas democráticas como si estuviéramos en Suiza, sin entender el contexto local. Eso, dice, es no comprender el clima de época ni los pactos tácitos que existen en la sociedad correntina: cosas que se saben, pero no se dicen.
Francisco González Cabañas cierra su análisis con una mirada íntima y filosófica sobre la correntinidad y sus pactos tácitos.
Reconoce que quienes se atreven a decir ciertas verdades —como él, con la “maleta armada”, o Julio, desde el Chaco— pagan las consecuencias. Porque en Corrientes, dice, hay un millón de personas que conocen las condiciones generales de vida, lo que ofrece la cultura local, el gobierno, los vecinos, los amigos y la familia. Y quienes desean otra cosa, simplemente deben irse: a Buenos Aires, al Chaco, a otra comunidad. No es una cuestión económica, sino de inquietudes personales.
Y agrega: Existe un pacto tácito. Todos saben, aunque no se diga, los pros y contras de vivir en Corrientes. Ese pacto sostiene un sistema político tribal, donde las 50 boletas en una elección no representan ideologías, sino tribus. Cada partido con sus cinco mil votos se convierte en una pieza de poder: un ministerio, una banca, una cuota de representación.
Pretender transparencia suiza, interpelaciones a funcionarios o claridad en los gastos es, según Francisco, desconocer el proceso histórico y cultural. Para eso, habría que mudarse o esperar que el proceso dialéctico evolucione.
La violencia política, antes física —pegatinas, enfrentamientos entre bandas— ahora se traslada al plano discursivo y digital. El caso Loam, por ejemplo, se convirtió en un símbolo conmocionante, usado políticamente. Francisco lo vincula con una realidad más profunda: la pobreza, las carencias, y ese pacto tácito que implica aceptar ciertas condiciones para permanecer en el circuito chico.
Recuerda cómo, en su infancia, familias numerosas del interior eran apadrinadas informalmente por personas con recursos, que ofrecían llevar a sus hijos a estudiar a Corrientes como una promesa de progreso. Esa lógica, dice, está arraigada en la historia: como el caso del sargento Cabral, esclavo convocado por un ejército que no pedía voluntarios adinerados, sino que golpeaba puertas buscando aportes para la patria.
Francisco González Cabañas cierra su intervención con una reflexión cruda sobre la herencia cultural y el clima de época en Corrientes.
Recuerda que, históricamente, cuando se convocaba a la guerra, no se pedía a las familias adineradas que entregaran a sus hijos, sino a sus esclavos. Y se pregunta: ¿cuánto poder de decisión tuvo realmente el sargento Cabral para “dar su vida por San Martín”? ¿Fue una elección o una imposición? ¿Fue luego convertido en héroe para justificar el uso de esclavos en futuras campañas?
Del mismo modo, menciona al Tambor de Tacuarí, un niño de 12 años que murió en combate y fue elevado a la categoría de héroe. No juzga si eso está bien o mal, sino que lo enmarca como parte de nuestra herencia cultural. “De eso venimos”, dice. Y por eso, el caso Loam —más allá de su uso político— debe entenderse desde esa raíz cultural, no desde la coyuntura.
Francisco insiste en que no somos Suiza. No podemos desvirtuar nuestras nociones históricas y culturales pretendiendo aplicar modelos ajenos. Lo que sucede en Corrientes —con sus pactos tácitos, sus tribus políticas, sus formas de poder— responde a una lógica propia, ancestral y dialéctica.
El entrevistado afirma: “Los procesos son dinámicos: tesis, antítesis, síntesis. Elegimos un mburuvichá y también un gobernador. Pero ese gobernador —Juan Pablo Valdés— necesitará tiempo para construir su perfil, convivir con su hermano Gustavo, y definir su relación con el poder nacional. Todo está en movimiento”.
Y quizás, en algún momento, aquellos que hoy están afuera puedan volver y construir algo distinto. Pero mientras tanto, lo que define este momento es el clima de época de la correntinidad.
Julio plantea una pregunta incisiva: ¿el resultado electoral implica que la correntinidad ha doblegado a la institucionalidad?
Francisco responde con entusiasmo: “Ahí está el corazón, Julio, ahí está el corazón”.
Retoma la idea de infatuación del pensador español Luis Sáenz Rueda, basada en Hegel: cómo los deseos singulares se empalman en una comunidad dada. Lo explica con una imagen cotidiana: una familia disputándose el control remoto del televisor. Así se da la tensión entre lo individual y lo colectivo, entre lo cultural y lo institucional.
En Corrientes, esa tensión se expresa en la histórica confrontación con la Nación: por los recursos, la hidrovía, y otros temas estructurales. Francisco afirma que la forma de ser correntina pesa más que la institucionalidad formal. Es una cultura de “pueblo chico, infierno grande”, donde todos se conocen, todos saben quién toma el whisky, qué le gusta a cada uno, y también qué se puede decir y qué no.
González Cabañas: Existe un contrato tácito: si querés otra cosa, tenés que irte. Acá hay pros y contras —la costanera, la siesta, la tranquilidad— pero también un sistema que exige silencios. Quienes se atreven a decir lo que no se dice, deben exiliarse, ser mal vistos o considerados “incómodos”.
Francisco lo resume con una frase demoledora: la correntinidad exige la doble demanda del manso y mudo.
Y quienes no aceptan esa demanda, se arman un blog, se mudan, o adoptan otra tesitura.
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