por José Guillermo Alfonso
Votar al Famoso, Ganar al Desconocido
La reciente polémica generada por las declaraciones de Manuel Adorni, quien diferenció su candidatura testimonial y la de Diego Santilli de lo que él llama un “fraude” —alegando que ellos no sabían de antemano que asumirían otros cargos—, desnuda una de las prácticas más cínicas y dañinas de nuestra política: la estafa de las candidaturas testimoniales.
Esta práctica es mucho más que una simple “trampa”; es una violación ética del pacto entre el ciudadano y su representante.
El Verdadero Fraude no es “Saber”, es Engañar
La justificación de Adorni, solo es fraude si el candidato sabe que no asumirá. Esto desvía el foco de la verdadera ofensa.
El fraude no reside en el estado mental del candidato, sino en el efecto sobre el electorado y la institucionalidad. El partido, al colocar a una figura de alto perfil y gran caudal de votos en el primer lugar de una lista legislativa —con el claro objetivo de “arrastrar” bancas—, está enviando un mensaje fraudulento al votante: “Si vota por A, obtendrá el liderazgo de A en el Congreso”.
Cuando A renuncia para ir al Ejecutivo o nunca asume, el votante recibe, en cambio, a B, el suplente, que a menudo carece del mismo respaldo popular o trayectoria. El voto otorgado a la figura líder no se traduce en su trabajo legislativo, sino en un mero botín de bancas utilizado por la cúpula partidaria. Es, en esencia, un voto de poder prestado que se confisca inmediatamente después de las elecciones.
Desvalorización del Congreso
El uso de testimoniales tiene dos costos institucionales inmensos:
Deslegitimación del Legislativo: Cuando los partidos usan las bancas como meros escalones o depósitos para figuras ejecutivas, envían un mensaje claro: legislar es una tarea de segunda categoría. Esto socava la dignidad del Congreso, cuya función —la de control, debate de leyes y representación federal— es fundamental para la democracia.
Debate Empobrecido: La atención pública se centra en la táctica de quién va en la lista en lugar de en la calidad de las propuestas. En lugar de debatir sobre la reforma tributaria o la seguridad, discutimos si el “cabeza de lista” es ético o no. Al final, los suplentes que sí asumen a menudo lo hacen sin la legitimidad del debate público sobre sus propias credenciales.
Recuperar el Debate de Fondo
Dejar que el debate político se consuma en la eterna excusa de las candidaturas testimoniales es caer en la demagogia permanente. La verdadera madurez política requiere que los partidos se enfoquen en:
Compromiso de Asunción: Instaurar un código ético —y de ser posible, una reforma electoral— que obligue a los candidatos electos a asumir su banca por un tiempo mínimo, o que impida a un legislador renunciar para asumir un cargo en el Ejecutivo inmediatamente después de la elección.
Transparencia Total de la Lista: Exigir a los partidos que el debate no se centre en el primero, sino en la idoneidad y plataforma de toda la lista. El votante debe saber quién es el suplente y qué propone, antes de que el primer nombre sea retirado.
Revalorización de la Banca: El Ejecutivo debe dejar de ver al Legislativo como una cantera de personal y los líderes deben comprometerse a honrar la banca si deciden postularse. Si un líder es esencial en el Ejecutivo, su lugar está allí, sin pasar por la farsa de la lista electoral.
Mientras los partidos sigan utilizando el voto popular como una herramienta de maniobra interna y no como un mandato sagrado, la confianza ciudadana seguirá erosionándose. La política debe dejar de pedir un voto a ciegas para un puesto que se sabe (o se intuye con alta probabilidad) que no se ocupará. Los argentinos merecemos un debate de ideas, no una constante táctica de engaño.
