Esa sensación nos invade cada turno electoral, pero la democracia no son las elecciones, las elecciones son tan solo el mecanismo que hemos decido para decidir quién se lleva el poder -como dice el chamamé- sin tiros, cuchillos ni griterío, sin muertes, sin sangre, sin embargo, en las elecciones, las esperanzas de la ciudadanía se renueva; porque aunque cueste precisarlo, la democracia es más que eso, es tener la responabildad de ejercer el poder incluso hacia los que no piensan como nosotros, democracia es compartir el espacio vital, que todos podamos vivir en un mismo espacio y podamos buscar nuestros objetivos en libertad.
En Corrientes, estas cuestiones no son menores, porque en Corrientes no hay chimeneas, hay un estado hiperanabolizado, que de un modo u otro decide la suerte de la ciudadanía, pero ese es el modelo adoptado por nuestros gobernantes, hace mucho tiempo, los correntinos no pueden estornudar sin permiso del estado, un estado que tiene voluntad y que mediante “enojos” reparte premios y castigos, inmersos en un sistema electoral que permite que unos pocos copten el poder y de esa manera hagan un uso decididamente sectorial, impidiendo en muchas ocasiones que el estado ponga en la mira los reales objetivos para los que fue concebido.
La democracia hecha pedazos no significa que este mal, sino que es una herramienta, que se puede moldear o usar en determinado sentido, es como un rompecabezas, donde dialogando entre todos tenemos que volver a armar, porque la esencia de la democracia es esa, el diálogo, el consenso, el convencimiento y no la imposición, que tarde o temprano termina, porque la fuerza siempre decae, es efímera, igual que el éxito, falsos impostores que impiden el dialogo y que son las caras de una misma moneda y abren esas vetas autoritarias que habitan en algún rincón de nuestro ser, pero la fuerza y el éxito, así como nos hacen sentir inmortales, son compañeras traicioneras en la política, enseguida te gritan, perdieron, perdieron y perdieron…
