por Inocencio D´Laestaca
En el corazón del gobierno libertario, los cargos se diluyen, los roles se confunden y el poder se concentra en manos invisibles. Una trama de operadores, familiares y voceros que gobiernan sin control ni transparencia.
En la Argentina de Javier Milei, la crisis no es sólo económica: es una crisis de confianza, de institucionalidad y de sentido común. Y como en toda novela de intrigas, hay personajes que se repiten en cada capítulo, cada uno con su cuota de poder, de opacidad y de ruido. Son funcionarios, también sospechados. No son servidores públicos: son operadores de una maquinaria que parece diseñada para el cortocircuito.

Karina Milei, la hermana del Presidente, es la jefa sin votos. Maneja el partido, define candidaturas, controla el acceso al despacho presidencial y decide la estrategia política. Su poder es tan absoluto como informal. En los pasillos se la llama “El Jefe”, pero su legitimidad democrática es nula. ¿Gobernamos por sangre o por mandato?

Luis Caputo, el ministro de Economía, es el arquitecto de una bicicleta financiera que gira más rápido que la inflación. Con una rentabilidad del 45% en dólares para los fondos de inversión, su modelo de “carry trade” es una remake del macrismo, pero con esteroides. Caputo perfeccionó el mecanismo para que los dólares entren, se multipliquen en pesos, y salgan sin escalas. ¿Resultado? Una economía real que se achica mientras los bonos se inflan como globos de cumpleaños.

Santiago Caputo, el estratega sin cargo formal, pero con poder real. Maneja la SIDE como si fuera su startup personal, decide quién entra y quién sale del gabinete, y se mueve como monotributista con acceso a fondos reservados. Su guerra interna con Karina Milei y los Menem es digna de una serie de espionaje. ¿Quién conduce el gobierno? ¿El Presidente o su asesor estrella?

Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados, es el símbolo del desconcierto legislativo. En medio de audios filtrados, acusaciones de espionaje y sesiones levantadas por falta de quórum, su rol parece más decorativo que decisivo. Ni siquiera el Presidente lo saluda con afecto. ¿Quién le encuentra el agujero al mate en el Congreso?

Manuel Adorni, el vocero que parece más jefe de recursos humanos que portavoz presidencial. Mientras da conferencias de prensa con tono de influencer, arma listas, postula candidatos y hasta se presenta él mismo como legislador. ¿Vocero o operador? ¿Funcionario o figura de campaña? La línea entre lo institucional y lo partidario se diluye como tinta en agua.

Iñaki Gutiérrez, el community manager devenido funcionario, es la muestra más clara de la inmadurez discursiva del gobierno. Tras errores groseros en redes oficiales, fue degradado a manejar solo el TikTok presidencial. Su estilo de “doma” y provocación adolescente es eficaz para viralizar, pero tóxico para gobernar.
ELENCO DE SOSPECHADOS
En este elenco de sospechados, la política se convierte en espectáculo, el Estado en botín, y la ciudadanía en espectadora de una tragicomedia. La crisis de confianza no es un accidente: es el resultado de un modelo que desprecia la institucionalidad, que reemplaza la gestión por la épica, y que confunde lealtad con competencia.
¿Y Milei? En el centro del escenario, delega, grita, veta y se desentiende. Mientras tanto, los sospechados siguen operando. Porque en esta Argentina libertaria, el poder no se ejerce: se improvisa.
