Milei enfrenta el espejo de sus propias contradicciones: entre el ajuste brutal y el gasto electoral, entre la transparencia prometida y los vínculos turbios, entre la racionalidad económica y el caos emocional.
Por más que grite, insulte o se atrinchere en su personaje de outsider, Javier Milei está atrapado por sus propias palabras. El presidente que prometió dinamitar la casta, achicar el Estado y gobernar con racionalidad económica, hoy se enfrenta a su peor enemigo: él mismo.
Las encuestas que recibió de Santiago Caputo lo dejaron al borde del colapso. En la provincia de Buenos Aires, su espacio político se desploma 20 puntos. ¿La solución? Bajar a José Luis Espert, el mismo que defendió a capa y espada hace apenas horas. ¿Y qué implica eso? Reimprimir millones de boletas. ¿Costo estimado? 14 mil millones de pesos. ¿Quién lo paga? Vos, yo, todos. Y quizás, si nadie lo frena, hasta los fondos reservados de la SIDE.
Milei, el contradictorio
• El que ajusta a jubilados y discapacitados, pero gasta fortunas en papel político.
• El que denuncia vínculos turbios con el narcotráfico, pero mantiene en la boleta a un candidato señalado por sus nexos con Fred Machado.
• El que se jacta de no tranzar con la casta, pero negocia con Macri y se deja convencer por Karina y Caputo como si fuera un títere emocional.
Milei, el emocional
No hay estrategia, hay impulsos. No hay liderazgo, hay berrinches. Milei no gobierna, reacciona. Cambia de opinión como quien cambia de canal. Y lo más grave: lo hace con el poder de un presidente. Cada decisión parece tomada en un ataque de furia, cada marcha atrás en un momento de pánico.
Milei, el peligroso
Si se autoriza la reimpresión de boletas, se abre una caja de Pandora. ¿Quién garantiza que no se usen recursos de todas las dependencias estatales que controla el mileísmo? ¿Quién audita los fondos reservados? ¿Quién pone freno a un gobierno que se maneja como una secta?
La frase “el pez por la boca muere” nunca fue tan literal. Milei está siendo devorado por sus propias palabras, sus propias promesas, sus propios delirios. Y si no hay un freno institucional, el costo lo pagaremos todos. En boletas, en recortes, en democracia.
