La reunión de gobernadores en Jujuy reaviva el debate sobre el federalismo real. ¿Puede un grupo de provincias con economías, urgencias y colores políticos tan distintos construir una agenda conjunta? Esta editorial abre la incógnita y revisa los antecedentes que explican por qué el desafío es tan complejo como urgente.
La reunión de gobernadores en Jujuy dejó imágenes potentes: mandatarios recorriendo parques solares, hablando de federalismo, arengando por el Corredor Bioceánico. Pero detrás del acto, la pregunta persiste: ¿puede un grupo de provincias tan dispares construir una agenda común que trascienda la coyuntura?
Desde Santa Cruz hasta Chaco, pasando por Córdoba y Santa Fe, las realidades económicas, sociales y políticas son tan distintas como sus paisajes. Algunos tienen superávit, otros déficit crónico. Unos exportan energía, otros importan subsidios. ¿Qué los une, más allá del rechazo al ajuste nacional?
La historia no ayuda. La Liga del Norte Grande y el bloque patagónico mostraron entusiasmo inicial, pero se diluyeron en la falta de institucionalidad y en la tentación de cada gobernador de jugar su propio partido. ¿Será diferente esta vez?
El discurso federal es seductor. Nadie quiere ser el patio trasero de Buenos Aires. Pero el federalismo no se construye con fotos ni con frases altisonantes. Requiere acuerdos técnicos, coordinación legislativa, y sobre todo, voluntad de ceder protagonismo en pos de una estrategia compartida.
¿Puede Provincias Unidas convertirse en una fuerza real en el Congreso? ¿O será apenas un espacio de catarsis frente a un gobierno nacional que los desafía, los recorta y los ignora?
La incógnita está abierta. Y como toda buena pregunta política, no se resuelve en un acto, sino en el tiempo.
