REPORTES DESDE LA CLANDESTINIDAD

por ECP

Oficialmente la acción de poner en palabras el pensamiento se estableció, finalmente, como un acto ilegítimo, anulada su validación no sólo ya por la indiferencia que recibe en sus receptores, sino por el incordio que les genera el mero hecho de la persistencia, lograron convertir al pensar, en el estercolero, carente de sentido en los tiempos de la razón instrumental en el paroxismo de la inteligencia artificial, y de la hegemonía de la autoridad de los que tienen para decir, en modo clásico o en su revés, o contrapartida, en el decir sin pensar de las imágenes en redes y la violencia expresa y manifiesta del sin-decir de la agresión en modo viralizado o en su absoluto de réplicas del algoritmo que determinan por dónde va tanto la agenda pública como publicada o posteada.

Sin ánimo de resistir nada, a los únicos efectos de testimoniar, que aún cierto pliegue de lo humano, pone el pensar en palabras, compartimos estos reportes desde la clandestinidad en las que nos sitúa la actualidad, bajo su complicidad o complacencia. 

Valientes para morir, cobardes para vivir

De la batalla de los comuneros, rebelión contra el cobro de impuestos en el siglo XVIII y que llegó al secuestro del gobernador, pasando por la triple alianza donde debimos cambiar la sede de gobierno y donde una de las cautivas no volvió, hasta los muertos en el puente y los gurises de Malvinas, vejados varios de ellos por sus propios superiores en medio del combate, los correntinos, por condena y tradición, arrastramos el destino del Tamborcito de Tacuarí y del Sargento Cabral. Uno niño y el otro esclavo de color, a quienes, narrativas oficiales mediante, les dotamos de la posibilidad que no tuvieron ni pudieron tener, por las condiciones tales, de elegir si vivir o morir.

Nos debe pesar tal vez, la bendición guaraní, que occidente mediante, la trocó en maldición, de habitar la tierra sin mal. Momento cuando, Tupã se convirtió en dios. De vivir al natural al qué dirán. Transformamos la pena, mediante el acordeón, en canción. Las máscaras del carnaval, usadas a destajo, para que la pobreza sea resignación.

Y así co’ es…se escucha en el campo, de una aldea que no llega a ser ciudad, en el medio de Buenos Aires y Asunción.

¿Y cómo desde Corrientes se puede pensar? Me han dicho tantas veces con burla y sorna los parientes de la Nación.

Tal vez sea más efectivo responderles con un sonoro Sapucay, y cumplir el mandato de la muerte, en este caso simbólica en una dialéctica confrontación.

Pero antes que Heidegger, los guaraníes ya entendían que el alma habita en la palabra, entonces anga que no diremos las nuestras, por temor y abdicación.

Entre la vida y la muerte, nos debatimos en el habla, principalmente, desde que somos una conversación.

La guacha amansa

Así decía mi abuela, a quien sus padres la “casaron” a sus 14 años con mi abuelo que se dedicaba a “cuidar” campos de terratenientes a fuerza de tiros y disparos.

Una generación que se hizo bajo la máxima de “la última o la primera ratio es la violencia”. Descendientes de ellos, alumbramos, hermenéuticamente, excusas democráticas para saldar las diferencias antediluvianas que no podemos entender ni bancar que son constitutivas de nuestra humanidad.

En la romantización de las palabras, por el temor a las heridas al cuerpo, por la idealización conceptual de ser moralmente superiores, como si lo humano fuese una línea recta hago un destino dado, irrumpe, cada tanto e intensamente, la diferencia insalvable y la única manera de saldarla es con el azote y el látigo.

El acontecer del animal enfermo de muerte, de acuerdo a Hegel quién en su absoluto consideraba al africano un simio apocado, sigue “aprendiendo” o transcurriendo su existencia a través de porrazos.

No se trata de justificar o justificarnos, sino de entender y comprender que la violencia humana, nunca ha dejado de ser una variable mediante la cual dirimimos nuestras diferencias de lo público y lo privado.

Está feo el orín

Así diagnosticaban las curanderas, cuando uno por razones que la ciencia positivista, no podía determinar, llegaba a ellas para saber qué era lo que nos estaba ocurriendo.

Prescindiendo de la supuesta claridad y precisión metodológica, del saber resultadista, la intermediaria entre el cielo y la tierra, brindaba con elocuente certeza, que algo debía ser cambiado, curado, armonizado, restablecido.

Nuestros desequilibrios varios, nos depositan en un escenario que no puede ni entenderse ni explicarse bajo pliegues o perspectivas únicamente formales.

Cualquier situación baladí en el inestable campo de lo público puede llevarnos a desenlaces impensados.

En el fragor del agite, ya detonado el lazo entre significante y significado, y sin ánimo alguno de ser agorero o tremebundo, lo mejor que nos puede suceder es que no suceda nada o el no suceso.

Clamo con pavor que la intuición me falle. Carecer de la facultad intuitiva de las curanderas, desconocer los patrones, de como canta el chamamé “esa vieja ciencia de los arandú”.

Nunca fue tan propicio recordar que estar bien, significa ni más ni menos que hacer las cosas más sencillas y habituales, como ir al baño, sin preocuparnos por la tonalidad o el olor que desprenda el orín.

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