SANTOS AUSENTES, HUMO PRESENTE

Ayer a la siesta, en pleno barrio Santa Teresita, se armó la procesión. Pero no fue una de fe. El gobernador Gustavo Valdés encabezó la marcha de lo simbólico, donde lo único que faltaba eran santos y ángeles. Lo que sobró, en cambio, fue la hipocresía.

Durante ese rato, el mandatario abandonó no solo sus funciones: dejó colgada la investidura como quien cuelga el saco en el ropero de la pieza de alguna sirvienta. Y ahí, junto al saco, quedó también lo que los políticos suelen olvidar cada vez que hacen campaña: la ética.

Valdés no fue solo. A su alrededor pulularon aspirantes reincidentes, esos que vuelven a candidatearse a lo que sea, siempre y cuando el cargo venga con sueldo, chofer y viáticos. Poco importa qué representan; lo esencial es seguir viviendo de arriba, mientras los ciudadanos cargan con la factura de la luz, la del agua, los impuestos municipales y, la angustia del desencanto y el peso de las promesas rotas.

La escena se completa con un humo tan espeso que ni el más creyente sabría si elevar una plegaria al cielo o buscar el matafuegos. Porque ese humo, aunque vendido como místico, proviene de una parrilla política con cortes cárnicos de privilegios bien sazonados y eternos comensales.

Corrientes, una vez más, se ve envuelta en un desfile donde la devoción no es religiosa, sino partidaria; donde la fe se pierde entre micrófonos y selfies, y donde el pueblo ya no sabe si resignarse o resistir.

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