por Renata Rada
Mientras se multiplican las plazas, los asfaltos y los discursos dulzones, la gestión provincial se sostiene en opacidad, favores cruzados y una maquinaria electoral que administra necesidades. El ciudadano tiene la llave para romper el hechizo.
EL DECORADO
Corrientes luce prolija. Plazas recién inauguradas, asfaltos relucientes, actos oficiales con estética cuidada. El mármol brilla, las banderas flamean, y el relato oficialista se despliega como una puesta en escena. Pero detrás del decorado, la gestión se vuelve difusa, los números se esconden, y las decisiones se toman en círculos cada vez más cerrados. La política se convierte en escenografía, y el ciudadano en espectador.
LA CONTINUIDAD COMO DOGMA
La palabra “continuidad” se repite como mantra. Se presenta como garantía de estabilidad, como si el tiempo en el poder fuera sinónimo de eficacia. Pero la continuidad sin renovación es estancamiento. Y en Corrientes, el oficialismo ha convertido la permanencia en un dogma, blindando estructuras, reciclando nombres, y evitando cualquier fisura que permita el ingreso de aire fresco. La alternancia democrática se diluye, y el poder se vuelve hereditario.
EL AZÚCAR DEL DISCURSO
El oficialismo correntino ha perfeccionado el arte del discurso edulcorado. Hablan de “eficiencia del gasto público” sin mostrar los números, como si la austeridad fuera virtud en sí misma. Prometen “defender los intereses de Corrientes frente al ajuste nacional”, mientras aplican recortes silenciosos en salud, educación y obra pública. Invocan la “continuidad institucional” como si fuera sinónimo de progreso, cuando en realidad es una forma elegante de evitar el debate, de esquivar la autocrítica, de blindar privilegios. Las palabras suenan bien, pero no resisten el menor análisis. Son caramelos discursivos: dulces al oído, vacíos al paladar.
LO QUE NO SE DICE
Detrás del decorado de plazas nuevas y asfaltos relucientes, hay silencios que gritan. El IOSCOR y el IPS navegan entre inconsistencias sin que nadie rinda cuentas. Lotería Correntina oculta sus balances como si fueran secretos de Estado, mientras su presidencia se convierte en premio político para amigos del poder. Se inventa “Vialidad Urbana” precarizando caminos provinciales, y se ejecutan reajustes presupuestarios sin objeto ni control. TELCO SAPEM recibió mil millones sin explicar siquiera el motivo, bajo la conducción del hermano del gobernador. El Banco de Corrientes, presidido por Sprovieri —alfil de Valdés— lanza planes de asistencia financiera para refinanciar tarjetas, como si el endeudamiento ciudadano fuera una política pública. Y por si faltaba algo, el presidente de Lotería es Bee Sellares, pareja de Sprovieri y radical cordobés: una red de favores que se teje con dinero público y se oculta tras el telón del relato.
LA MAQUINARIA DEL PODER
El oficialismo correntino no gana elecciones por convicción ciudadana, sino por administración de necesidades. El Estado se convierte en agencia de favores: contratos, bolsones, subsidios, becas. La asistencia social se dosifica según el calendario electoral, y los medios alineados repiten el relato sin cuestionar. La pauta oficial funciona como mordaza, y el clientelismo como garantía de fidelidad. Cada obra inaugurada es una postal de campaña; cada funcionario, un operador político. La maquinaria se alimenta del presupuesto, y se mueve al ritmo de los intereses del poder. No hay debate, hay marketing. No hay política, hay administración del silencio.
EL VOTO COMO RUPTURA
La ciudadanía correntina debe despertar. El voto es secreto, pero su impacto es público. Seguir eligiendo lo mismo por costumbre, miedo o resignación es perpetuar el cautiverio: mendrugos hoy, ayuno mañana. Las necesidades son reales, pero también lo es el poder de decidir. No se puede seguir apuntalando con indiferencia cívica el surgimiento de nuevos millonarios que no conocen la crisis, que se eternizan en cargos mientras el pueblo sobrevive. El relato oficialista ya no seduce, solo anestesia. Y cada elección es una oportunidad de romper el hechizo, de recuperar la dignidad, de decir basta. Porque cuando el voto se convierte en conciencia, el poder deja de ser patrimonio de unos pocos y vuelve a ser de todos.
