El camino a la cancha siempre tenía esa mezcla de ritual y escape. Los jueves a la tarde, cuando la semana empezaba a aflojar, Beto se aferraba al volante como si manejar fuera parte del calentamiento. Joaquín iba al lado, tirado en el asiento del acompañante, revisando la mochila para ver si había metido la tobillera. Esa combinación rara que se da entre recambio generacional y actividades en común. Hoy, padre e hijo juegan en el mismo equipo: el de 54 y el que está comenzando los 20.
Esa mañana, buscando un libro de la facu, Joaquín encontró en la biblioteca otra cosa, una sorpresa mezclada con historia.
Era un libro viejo, con hojas amarillentas y olor a universidad de los noventa. En la primera página, un sticker casi borrado: la F morada. Lo guardó en su mochila, esperando el momento para preguntarle.
El viaje a la cancha fue la oportunidad.
Joaquín lo sacó y lo abrió sobre sus rodillas, mirándolo como quien descubre que su papá tuvo una vida paralela.
—Pa… ¿esto lo usabas vos? ¿En serio estuviste en la Franja Morada?
Beto tardó en responder. Sonrió con esa mezcla de nostalgia y resignación que tienen los adultos cuando saben que cualquier explicación va a sorprender igual.
—Una época —dijo simplemente.
Joaquín no podía creerlo. Él siempre había visto a su padre como un tipo práctico, directo, duro con el populismo, fastidiado con la agenda woke, votante de Milei “no por descarte, pero tampoco con mucha convicción”. Un ex militante universitario no encajaba en ese retrato.
—Pensé que siempre fuiste más… como ahora.
—¿Y cómo soy ahora? —le preguntó Beto, divertido.
—Liberal. Anti relato. Anti corrección política. Anti toda esa cosa progresista.
Beto frenó en un semáforo antes de responder.
—Joaco, yo sigo siendo el mismo de siempre: centroizquierda republicana. Pero no la de memes y cupos; la de verdad. Instituciones, mérito, discusión seria. Lo que pasó es que ese espacio se fue a otro lado.
Yo no me moví. Fueron las referencias las que se corrieron.
Joaquín pasó las páginas del libro en silencio, como buscando entre los subrayados quién era su padre antes de ser “papá”.
—Es como Messi —dijo de repente—. Él siguió siendo Messi. El Barça fue el que se desarmó.
Beto soltó una carcajada.
—Exactamente. Messi quedó parado en el mismo lugar, pero el club perdió identidad. Yo igual: me quedé sin equipo.
La cancha apareció a la derecha. Los amigos ya estaban pateando. Joaquín guardó el libro con cuidado, como quien guarda un secreto recién descubierto.
Antes de bajar, Beto agregó:
—Nunca te olvides: en Argentina no es uno el que se mueve. Es la cancha la que se inclina.
La cancha inclinada, parte II
Volvieron al auto agotados, con hielo improvisado y el cuerpo protestando por cada pique. Joaquín se acomodó como pudo.
—Hoy te iban a partir, pa. Ese pibe tenía la velocidad de Vinicius.
—Pero yo tengo la mentalidad de Cristiano —respondió Beto, golpeándose el pecho—. La experiencia también juega.
La conversación retomó por donde había quedado, sin necesidad de mencionarlo.
—Viste que los del cristinismo siguen ahí —dijo Joaquín—. Aunque no gobiernen, siguen. En redes, en la calle. No desaparecen nunca.
—Porque no desaparecen —dijo Beto—. El populismo argentino es como el Real Madrid en Champions: puede parecer muerto, pero vuelve sobre el final. Por eso el gradualismo nunca sirve acá. Ni con Alfonsín, ni con Macri… y Milei casi cae en la misma.
—Pero repuntó —agregó Joaquín—. Lo del triunfo de Kicillof fue como despertar al monstruo. Y por suerte muchos se activaron de nuevo.
—Y las redes hacen el resto —respondió Beto—. Hoy la política dura lo que dura un video viral. Una frase mal dicha te saca de partido. Una buena jugada te lo devuelve.
Joaquín pensó unos segundos antes de decir:
—Entonces no te corriste a la derecha, pa. Se corrió todo lo demás. Se cayó el Barça. Cambió el árbitro. Cambiaron los rivales. Todo menos vos.
Beto estacionó frente a la casa y apagó el motor.
—Eso mismo. Yo sigo en la misma posición. La cancha se inclinó.
Y si quiero un juego limpio, tengo que mirar para otro lado.
Joaquín bajó con el libro bajo el brazo.
—Vamos, Cristiano. A bañarse.
—Y vos, Lamine Yamal versión litoral —respondió Beto—, dejá de gambetear en la ducha que me vaciás el calefón.
Entraron aún riendo, sin saber que esa charla iba a ser apenas la primera de una serie de conversaciones en un país que cambia más rápido que el fútbol, pero sigue jugando en terreno inclinado.
De la centroizquierda republicana al nuevo mapa político
En las últimas décadas, una franja importante del electorado argentino —institucionalista, moderado, progresista, racional— se vio empujada hacia posiciones catalogadas como “de derecha”. No fue una conversión, sino una reacción a un progresismo que abandonó su centro republicano para fusionarse con un populismo identitario, discrecional y antiinstitucional.
En ese viraje, el problema no fue la ideología sino la estructura: Argentina no tolera el gradualismo, pero se asusta del shock.
Los gobiernos que intentaron cambiar sin romper terminaron atrapados entre una ciudadanía impaciente y una oposición organizada que nunca se retira.
Macri es el ejemplo más claro: un gradualismo que buscó evitar el conflicto frontal, pero que chocó contra la maquinaria kirchnerista, resiliente en calle, territorios, sindicatos, universidades y narrativa.
Con Milei pareció repetirse el libreto. Un presidente que propone shock ordenado, contra una resistencia kirchnerista debilitada pero no extinguida. Hasta que una señal —el triunfo anticipado de Kicillof en Provincia— volvió a activar la maquinaria: la certeza de que el viejo aparato estaba dormido, no muerto.
A esto se suma la nueva dimensión tecnológica: el humor político ya no cambia en meses, sino en horas.
La opinión pública se mueve al ritmo de Reels, TikTok, hilos y memes.
La gobernabilidad depende de un ecosistema donde cada error se viraliza y cada acierto dura dos scrolls.
Por eso, el votante moderado no “se hizo de derecha”: eligió el único liderazgo que percibe capaz de romper inercias y de enfrentar poderes organizados que llevan veinte años perfeccionando la resistencia.
La pregunta, hoy, es otra: ¿podrá la Argentina sostener un shock que requiere tiempo y legitimidad en un ecosistema político donde todo se decide a un click?
Porque el pasado no está muerto: pelea en redes, en territorios, en sindicatos, en narrativas.
Y el cambio no está asegurado: necesita coraje, orden y paciencia en un país que castiga la paciencia como debilidad.
Argentina vuelve a caminar su borde preferido: entre transformación y repetición.
La cancha está inclinada.
Pero esta vez, por primera vez en mucho tiempo, hay un equipo intentando jugar hacia arriba.
